viernes, 4 de marzo de 2011
La novela policial y juvenil
Por María Brandán Aráoz
Para algunos críticos las novelas policial y juvenil son las parientas pobres de la Literatura. Otros van más allá y directamente les niegan supervivencia; a su juicio, ninguna de ellas tiene cabida en el mundo de las Letras, son considerados meros divertimentos escritos.
Para desventura de sus detractores, las novelas policial y juvenil están vivas y coleando, gozan de innumerables lectores y, sobre todo, cuando ambos géneros se alían en uno solo: la novela policial juvenil.
Tienen hoy sus fieles seguidores, como los han tenido en otras épocas Poe, Stevenson, Conan Doyle, Chesterton, Agatha Christie y Enid Blyton, por citar sólo algunos ejemplos. Borges y Bioy Casares también las rescataron del latrocinio y el anonimato incluyéndolas en su magnífica colección del Séptimo Círculo que, además de adultos, contaba con miles de entusiastas lectores juveniles.
La novela policial juvenil hace caso omiso de críticas fatalistas o emponzoñadas y prosigue su exitoso camino en el mundo de las Letras. Eso sí, respetando las leyes y peculiaridades del género.
Los secretos de la trama
Pese a estar unidas y apuntar a objetivos comunes: entretener y enigmatizar, ambas tienen sus diferencias. La novela policial juvenil no necesariamente transcurre alrededor de un crimen, como su hermana mayor destinada a los adultos. En la mayoría de los casos no hay un asesinato y la consecuente búsqueda del culpable, sino un delito criminal y, eso sí, varios posibles sospechosos. El argumento tampoco cultiva el más puro estilo de la novela de enigma o novela negra, sino más bien una mezcla equitativa de ambas.
El policial juvenil se condimenta con el suspenso, las aventuras y desventuras de los personajes, y el entramado de sus relaciones. Algo que para los jóvenes lectores es tan importante como la incógnita misma porque les permite identificarse con aquellos y vivir sus aventuras y desventuras con igual desenfreno.
El misterio por resolver es la columna vertebral de la novela, el eje central alrededor del cual giran las demás historias de los protagonistas, los criminales, los personajes secundarios y los circunstanciales. Como tal, el enigma tiene una férrea estructura en sí mismo, con principio, nudo y un desenlace esclarecedor. Ningún cabo debe quedar suelto, salvo que el autor se proponga un final abierto con miras a una posible continuación. En el transcurrir de la acción, el suspenso juega un papel fundamental, sin él no hay novela policial juvenil que valga. La misión del novelista es tener al lector joven suspendido de un hilo, para llevarlo y traerlo a su antojo en las vicisitudes de la trama; enredarlo, conducirlo y aprisionar en todo momento su interés. Para lograr su propósito, cada fin de capítulo debe terminar en una incógnita que sirva como acicate para lo que vendrá. Una incógnita que no se devela, claves, huellas, sospechas que el lector se esforzará por retener para ir armando el rompecabezas final. “Si está terminando un capítulo y un personaje tiene que atacar a otro, concrete la acción en el siguiente”, recomendaba Bioy Casares, un maestro del género,”así el lector siente la necesidad imperiosa de dar vuelta la página.”
Las pistas diseminadas a lo largo de la trama deben ser verdaderas (o al menos creíbles) y al mismo tiempo desechadas por casi inverosímiles, porque han sido puestas de tal modo que en lugar de aclarar siembran continuas dudas y confusión en el joven lector.
En este juego de velar y develar, el autor de la novela policial juvenil, debe poner el acento sin que se note, presentar los hechos reveladores de forma tal, que el lector se vea obligado a pensar más de dos veces para interpretarlos correctamente; a poner en juego toda su astucia e imaginación para adivinar la identidad del delincuente o el modo en que éste llevó a cabo su delito. La idea es contar con un lector cómplice y detective y no subestimarlo jamás. Pensar siempre, que es más inteligente que el autor mismo.
En medio del rompecabezas de la trama y la resolución del misterio, corren las demás historias paralelas y cotidianas, los placeres juveniles, los diálogos que ayudan a que la acción avance (y nunca se detenga), y sirven para potenciar al máximo el misterio que viven los protagonistas. Personajes centrales y conductores de la trama de ficción policial.
Los protagonistas-detectives
Involucrados voluntaria o involuntariamente en la acción, los detectives encargados de develar el misterio suelen ser adolescentes tan ansiosos por descubrir el delito como por delatar a los criminales. Aquí se le plantean al autor algunos problemas.
En primer lugar: los detectives adolescentes no son (ni deberían ser) héroes súper poderosos o personajes maniqueos que todo lo pueden.
Además, carecen de métodos sofisticados para resolver complejos enigmas (salvo que se empaste el género recurriendo a la magia o a la ciencia ficción).
Muchas veces, los detectives son a la vez las víctimas de la novela; en su devenir resultan atrapados en mil peligros, corren riesgos y no cuentan con la ayuda de los adultos responsables, reacios por principio, tanto a creerles como a permitirles intervenir en semejantes locuras.
Como en todo policial, siempre hay un o una líder del grupo. El detective y sus amigos, siempre encontrarán la forma de meter las narices en lo que no deben; enterarse de lo que quieren; investigar donde no pueden y, como en toda novela policial juvenil que se precie, salir casi indemnes (con alguno que otro rasguño sumado al reto adulto posterior). Por añadidura, desentrañarán el misterio por sí mismos.
El paso siguiente: detener a los criminales, estará a cargo de alguna autoridad policial o adulto responsable que encarnará el rol de la ley. Las artes del detective protagonista no deberían llegar a tales extremos. Aunque hay contadas excepciones en novelas para adolescentes mayores.
La atracción principal para el lector es, precisamente, que los detectives juveniles sean adolescentes comunes y corrientes, con todas las debilidades, fortalezas, angustias y conflictos propios de su edad. Si los protagonistas son tan humanos como el lector mismo (con algunos rasgos idealizados), la identificación logrará su cometido.
En lo personal, juzgo importantísimo que los protagonistas vayan evolucionando a la par de la novela. Después de haber pasado por determinadas experiencias de riesgo, ningún adolescente, ni ser humano, sigue siendo el mismo. El crecimiento de los personajes, he ahí donde reside uno de los meritos principales del libro. Lograr que los protagonistas se superen dentro de la novela y a través de las sucesivas entregas de una zaga, es fundamental. De lo contrario, se transforman en simples marionetas al servicio de una acción, meros instrumentos para resolver el misterio, y no chicos de carne y hueso que cambian año a año, se van reafirmando o despojando de distintos rasgos de su personalidad.
En cuanto a los sospechosos y delincuentes pueden o no tener diferentes facetas, pero el crimen siempre será condenado, y la violencia no debe regocijar a nadie, sino ser entendida como un acto maligno y perverso que merece censura y castigo. Aún cuando se elija un desenlace abierto donde alguno de los criminales pueda escapar a su destino.
A mi juicio, una novela policial juvenil tiene que dar cabida a los valores, como también están presentes los anti valores, y los autores que escriben para chicos de doce años no deberían eludir la responsabilidad de mostrar ambas caras de la verdad. Identificar el crimen y su posterior condena, no va en detrimento de la trama, más bien permite alimentar la idea de verdad y justicia, crimen y castigo, que afamados autores como Verne, Conan Doyle , Stevenson, Chesterton y Twain, entre otros, nos tenían tan acostumbrados.
El final sorpresa
Es lo más difícil y lo más valorado en toda novela de misterio policial. Dilatar al máximo la resolución del enigma, cubrir los últimos capítulos con un manto de sospecha y descubrirlos poco a poco, debería ser una exigencia indiscutible para todo buen autor del género.
Una investigación seria, no casera ni a vuelo de pájaro, una resolución que no deje cabos sueltos, y hasta una vuelta de tuerca que sorprenda al lector más avezado, son requisitos indispensables para que el lector adolescente quede preso en las redes de la novela policial juvenil.
Un desenlace justo y feliz es algo que los chicos valoran y agradecen. Un final que cierre el interrogante del principio, y que las demás historias paralelas también tengan su necesaria catarsis: los conflictos de los protagonistas, sus vicisitudes amorosas, amistosas, y hasta el período cronológico en el que transcurren los hechos: las vacaciones, una etapa escolar, un viaje...
Aunque siempre habrá cosas que no se digan, retazos de historias que no se sabe cómo terminarán, secretos que no se develen del todo y algo o mucho para imaginar después de cerrar el libro. Así, una vez terminada esa novela, el chico se quedará con ganas de seguir leyendo.
María Brandán Aráoz es autora de la saga de Detectives..., Refugio Peligroso y Misterio en Colonia.
viernes, 11 de febrero de 2011
La vigencia del género policial en la literatura infantil y juvenil
Adela Basch
Por ser un género rígido, el policial es ideal para ser abordado por la literatura infantil y juvenil. Se estructura en formas fijas –si bien existen variaciones, estas son leves– y se ampara en la complicidad entre el narrador, el protagonista y el lector. La fórmula del policial infantil y juvenil –misterio, búsqueda y resolución– es la misma que la del policial “adulto”, tanto la novela negra como el policial de intriga. Por supuesto que varían en registro y complejidad de trama y lenguaje. Entonces, se trata de un género posiblemente hecho de lugares comunes y con límites definidos: es un género literario consolidado, cuyas reglas deben ser respetadas para lograr un texto exitoso; lo cual no implica un desmerecimiento, ya que escribir un policial de engranaje perfecto no es tarea sencilla.
Mario Méndez
Muy vigente: a los chicos les gusta el policial detectivesco, "inglés" y a los que hacen los manuales parece que también: siempre hay algún capítulo dedicado al género en libros del tercer ciclo, e incluyen a Sherlock Holmes, o al comisario Laurenzi, de Rodolfo Walsh, o piden a los autores cuentos policiales. En general tiene mucha vigencia el policial detectivesco y no el negro, o americano, que es más violento. Yo una vez escribí un policial donde la asesina resultó ser la directora de la escuela: me lo rebotaron, claro.
Fernando Sorrentino
Imagino que el género policial -por tener enigmas o desarrollar misterios- tiene que ser atractivo para los lectores jóvenes. Y supongo que los límites deben ser más o menos los mismos que para la literatura infantil en general: por ejemplo, creo que tal vez no sería aconsejable acudir a escenas espeluznantes del tipo al que era tan aficionado don Edgar Allan.
Así y todo, recuerdo que una hiperbólica mamá me escribió con un reproche: según ella, después de leer mi cuento “El regreso” (que, por otra parte, es un cuento para adultos), su hijito empezó a sentirse mal por la posible presencia, o cercanía, de personas que retornaran de sus tumbas para asustarlo o, tal vez, llevarlo a ignotas regiones del más allá. Según parece, la culpable era la maestra del párvulo en cuestión, por haber leído ese cuento en clase. En fin, tal recriminación me pareció sincera, lo que no quiere decir que también me haya parecido sensata.
Por ser un género rígido, el policial es ideal para ser abordado por la literatura infantil y juvenil. Se estructura en formas fijas –si bien existen variaciones, estas son leves– y se ampara en la complicidad entre el narrador, el protagonista y el lector. La fórmula del policial infantil y juvenil –misterio, búsqueda y resolución– es la misma que la del policial “adulto”, tanto la novela negra como el policial de intriga. Por supuesto que varían en registro y complejidad de trama y lenguaje. Entonces, se trata de un género posiblemente hecho de lugares comunes y con límites definidos: es un género literario consolidado, cuyas reglas deben ser respetadas para lograr un texto exitoso; lo cual no implica un desmerecimiento, ya que escribir un policial de engranaje perfecto no es tarea sencilla.
Mario Méndez
Muy vigente: a los chicos les gusta el policial detectivesco, "inglés" y a los que hacen los manuales parece que también: siempre hay algún capítulo dedicado al género en libros del tercer ciclo, e incluyen a Sherlock Holmes, o al comisario Laurenzi, de Rodolfo Walsh, o piden a los autores cuentos policiales. En general tiene mucha vigencia el policial detectivesco y no el negro, o americano, que es más violento. Yo una vez escribí un policial donde la asesina resultó ser la directora de la escuela: me lo rebotaron, claro.
Fernando Sorrentino
Imagino que el género policial -por tener enigmas o desarrollar misterios- tiene que ser atractivo para los lectores jóvenes. Y supongo que los límites deben ser más o menos los mismos que para la literatura infantil en general: por ejemplo, creo que tal vez no sería aconsejable acudir a escenas espeluznantes del tipo al que era tan aficionado don Edgar Allan.
Así y todo, recuerdo que una hiperbólica mamá me escribió con un reproche: según ella, después de leer mi cuento “El regreso” (que, por otra parte, es un cuento para adultos), su hijito empezó a sentirse mal por la posible presencia, o cercanía, de personas que retornaran de sus tumbas para asustarlo o, tal vez, llevarlo a ignotas regiones del más allá. Según parece, la culpable era la maestra del párvulo en cuestión, por haber leído ese cuento en clase. En fin, tal recriminación me pareció sincera, lo que no quiere decir que también me haya parecido sensata.
martes, 8 de febrero de 2011
Julio Verne
Un 8 de febrero de 1828 nacía en Nantes (Francia) Julio Verne, considerado uno de los padres de la literatura de ciencia ficción, además de ser el segundo autor más traducido de todos los tiempos.
Sus novelas de aventuras fueron además proféticas: libros como “De la Tierra a la Luna” y “Veinte mil leguas de viaje submarino” predijeron con una exactitud notable adelantos tecnológico que se darían en el siglo XX: la televisión, los helicópteros, los submarinos y las naves espaciales.
El grueso de su producción se dio entre 1863 y 1905, con títulos que quedaron en la historia de la literatura humana como “Viaje al centro de la Tierra”, “La vuelta al mundo en 80 días”, “Escuela de Robinsones” y “La isla misteriosa” (novela altamente recomendable para edad juvenil, y donde cierra la historia de uno de sus personajes más emblemáticos: el Capitán Nemo y su submarino Nautilus).
A 183 años del nacimiento de Julio Verne, uno de los padres de la literatura de ciencia ficción.
Sus novelas de aventuras fueron además proféticas: libros como “De la Tierra a la Luna” y “Veinte mil leguas de viaje submarino” predijeron con una exactitud notable adelantos tecnológico que se darían en el siglo XX: la televisión, los helicópteros, los submarinos y las naves espaciales.
El grueso de su producción se dio entre 1863 y 1905, con títulos que quedaron en la historia de la literatura humana como “Viaje al centro de la Tierra”, “La vuelta al mundo en 80 días”, “Escuela de Robinsones” y “La isla misteriosa” (novela altamente recomendable para edad juvenil, y donde cierra la historia de uno de sus personajes más emblemáticos: el Capitán Nemo y su submarino Nautilus).
A 183 años del nacimiento de Julio Verne, uno de los padres de la literatura de ciencia ficción.
viernes, 23 de abril de 2010
En la lengua se juega la identidad, por Angela Pradelli
Todo buen profesor sabe que, en el aula, cuando el lenguaje circula con vida entre docentes y alumnos, se construye una visión del mundo sostenida en la subjetividad de cada uno. La libertad es entonces la herramienta clave del aprendizaje, señala la docente y escritora Angela Pradelli.
Hace cinco años, en el marco del Congreso Internacional de la Lengua Española que se celebró en Rosario, escuché a un poeta, el escritor nicaragüense Ernesto Cardenal, afirmar respecto a la muerte de las lenguas: "Cuando una lengua desaparece, no son sólo palabras las que se pierden. Cuando se muere una lengua, es una visión del mundo lo que desaparece". Partiendo de Cardenal, podemos llegar también a la otra orilla y preguntarnos: para que la lengua viva en las aulas, ¿qué es lo que se enseña y qué se aprende?
Los profesores, en nuestras clases, tenemos que valorar la vacilación de la lengua como algo sagrado, preservarla en lo insondable de la materia que enseñamos. Escribir una oración breve puede ser una operación compleja y dificilísima. Se ponen en juego no sólo la circulación de las palabras, también los silencios, las jergas, la cadencia, el fraseo. El lenguaje corre allí con su energía creadora. La polisemia de la lengua es casi permanente: es imposible hablar sin matices, es imposible desatender a la vitalidad de ciertas frases y tonos. Los acentos de un poema nos revelan un mundo y nos ocultan otros. La intensidad de una prosa que nos afecta puede perturbarnos.
Los alumnos que leen y escriben poesía en el aula se acercan al secreto más misterioso de la creación. Cuando los estudiantes elaboran argumentaciones y construyen relatos hablan también, siempre, de su propia identidad. Vivimos en un mundo que se desborda de señales, que está repleto de mensajes. Cada gesto, cada color, las posturas, incluso los silencios tienen algo para decirnos.
Pero necesitamos las palabras para cargar a cada uno de ellos de cierta significación. El punto y las comas marcan la respiración de nuestras enunciaciones. Cuando los alumnos construyen sus textos, orales o escritos, deciden también, en la compleja red de la sintaxis, dónde acontecerán sus propios silencios. En la construcción de textos los silencios ya no son sólo límites del lenguaje. En el silencio se oye el eco de la palabra que está presente incluso allí, en su ausencia.
El lenguaje tiene reflejos a partir de los cuales se instala en la creación. Los discursos que acontecen en el aula, los discursos de los otros y los propios, laten en la capacidad de su propia invención. Nada queda fuera: los enunciados de los medios, las conversaciones entre amigos y con las parejas, los mensajes de las autoridades de la escuela, la historia, la filosofía, el cine, la matemática, los blogs, el chateo, los muros del Facebook, los mensajes de texto, las canciones.
Nuestros enunciados, personales y también sociales, nuestros discursos amorosos, profesionales, los diálogos entre alumnos y docentes, cualquiera de nuestros discursos opera sobre una gramática compleja y traza un mapa de nuestra subjetividad. En los pliegues más remotos de nuestra intimidad hay elementos sociales y públicos que inciden en ella y la determinan. Es imposible no oír las distintas lenguas que circulan dentro de la misma lengua.
La riqueza de una clase puede ser ilimitada si valoramos los espacios de los diálogos "interlinguales". La capacidad del lenguaje es tremenda. Por la lengua construimos una mirada personal sobre el universo, nuestra propia humanidad depende de nuestras palabras.
La respuesta a qué se enseña y qué se aprende en las clases de lengua la encontramos también en aquel poeta nicaragüense cuando en Rosario habló de la vida de las lenguas. Hacia allí van los aprendizajes, hacia la construcción de una visión del mundo. En el aula, cuando el lenguaje circula con vida entre alumnos y profesores -en las bocas, los cuadernos, las pantallas- se construye, sobre todo, una visión del mundo.
Aunque por momentos, o quizás por eso mismo, el lenguaje se ponga imposible y nos haga balbucear a todos con una lengua de trapo. "Tropezamos, dice George Steiner, en ocasiones visceralmente con impalpables pero rígidos muros de lenguaje. El poeta, el pensador, los maestros de la metáfora, hacen arañazos en ese muro. Sin embargo, el mundo, tanto dentro como fuera de nosotros, murmura palabras que no somos capaces de distinguir."
La intensidad de las palabras que se dicen puede ser tan potente como el vigor de las palabras que se callan. Los que hemos hecho de la lectura y de la escritura los ejes de los aprendizajes, construimos las clases sobre estas dos columnas que nos sostienen y nos permiten atravesar con nuestros alumnos los umbrales siempre infinitos que nos internan en el nervio de las palabras, en la ambigüedad, y también en la música, los sonidos y en el silencio.
http://www.revistaenie.clarin.com/notas/2010/04/21/_-02185227.htm
Hace cinco años, en el marco del Congreso Internacional de la Lengua Española que se celebró en Rosario, escuché a un poeta, el escritor nicaragüense Ernesto Cardenal, afirmar respecto a la muerte de las lenguas: "Cuando una lengua desaparece, no son sólo palabras las que se pierden. Cuando se muere una lengua, es una visión del mundo lo que desaparece". Partiendo de Cardenal, podemos llegar también a la otra orilla y preguntarnos: para que la lengua viva en las aulas, ¿qué es lo que se enseña y qué se aprende?
Los profesores, en nuestras clases, tenemos que valorar la vacilación de la lengua como algo sagrado, preservarla en lo insondable de la materia que enseñamos. Escribir una oración breve puede ser una operación compleja y dificilísima. Se ponen en juego no sólo la circulación de las palabras, también los silencios, las jergas, la cadencia, el fraseo. El lenguaje corre allí con su energía creadora. La polisemia de la lengua es casi permanente: es imposible hablar sin matices, es imposible desatender a la vitalidad de ciertas frases y tonos. Los acentos de un poema nos revelan un mundo y nos ocultan otros. La intensidad de una prosa que nos afecta puede perturbarnos.
Los alumnos que leen y escriben poesía en el aula se acercan al secreto más misterioso de la creación. Cuando los estudiantes elaboran argumentaciones y construyen relatos hablan también, siempre, de su propia identidad. Vivimos en un mundo que se desborda de señales, que está repleto de mensajes. Cada gesto, cada color, las posturas, incluso los silencios tienen algo para decirnos.
Pero necesitamos las palabras para cargar a cada uno de ellos de cierta significación. El punto y las comas marcan la respiración de nuestras enunciaciones. Cuando los alumnos construyen sus textos, orales o escritos, deciden también, en la compleja red de la sintaxis, dónde acontecerán sus propios silencios. En la construcción de textos los silencios ya no son sólo límites del lenguaje. En el silencio se oye el eco de la palabra que está presente incluso allí, en su ausencia.
El lenguaje tiene reflejos a partir de los cuales se instala en la creación. Los discursos que acontecen en el aula, los discursos de los otros y los propios, laten en la capacidad de su propia invención. Nada queda fuera: los enunciados de los medios, las conversaciones entre amigos y con las parejas, los mensajes de las autoridades de la escuela, la historia, la filosofía, el cine, la matemática, los blogs, el chateo, los muros del Facebook, los mensajes de texto, las canciones.
Nuestros enunciados, personales y también sociales, nuestros discursos amorosos, profesionales, los diálogos entre alumnos y docentes, cualquiera de nuestros discursos opera sobre una gramática compleja y traza un mapa de nuestra subjetividad. En los pliegues más remotos de nuestra intimidad hay elementos sociales y públicos que inciden en ella y la determinan. Es imposible no oír las distintas lenguas que circulan dentro de la misma lengua.
La riqueza de una clase puede ser ilimitada si valoramos los espacios de los diálogos "interlinguales". La capacidad del lenguaje es tremenda. Por la lengua construimos una mirada personal sobre el universo, nuestra propia humanidad depende de nuestras palabras.
La respuesta a qué se enseña y qué se aprende en las clases de lengua la encontramos también en aquel poeta nicaragüense cuando en Rosario habló de la vida de las lenguas. Hacia allí van los aprendizajes, hacia la construcción de una visión del mundo. En el aula, cuando el lenguaje circula con vida entre alumnos y profesores -en las bocas, los cuadernos, las pantallas- se construye, sobre todo, una visión del mundo.
Aunque por momentos, o quizás por eso mismo, el lenguaje se ponga imposible y nos haga balbucear a todos con una lengua de trapo. "Tropezamos, dice George Steiner, en ocasiones visceralmente con impalpables pero rígidos muros de lenguaje. El poeta, el pensador, los maestros de la metáfora, hacen arañazos en ese muro. Sin embargo, el mundo, tanto dentro como fuera de nosotros, murmura palabras que no somos capaces de distinguir."
La intensidad de las palabras que se dicen puede ser tan potente como el vigor de las palabras que se callan. Los que hemos hecho de la lectura y de la escritura los ejes de los aprendizajes, construimos las clases sobre estas dos columnas que nos sostienen y nos permiten atravesar con nuestros alumnos los umbrales siempre infinitos que nos internan en el nervio de las palabras, en la ambigüedad, y también en la música, los sonidos y en el silencio.
http://www.revistaenie.clarin.com/notas/2010/04/21/_-02185227.htm
viernes, 5 de marzo de 2010
La misteriosa figura del lector
http://www.revistaenie.clarin.com/notas/2010/03/03/_-02151712.htm
Montar una biblioteca es una labor tan sofisticada como trabajar en la trama de una novela, sostiene Matías Serra Bradford, quien en esta nota se dedica a hacer el elogio de ese personaje enigmático, solitario y exquisito que es el lector.
No dejan de asombrar las atenciones y cumplidos que reciben escritores de toda laya, sabiendo que un lector es mil veces más misterioso –menos evidente– que un autor.
De un lector no quedan huellas, o son muy tenues: un nombre, un balneario y una fecha en la primera hoja del libro, algunos subrayados arbitrarios, apuntes en las páginas de cortesía. Pero para conocer a un lector no basta con enterarse qué libro ha leído, ni basta con dos o diez; hace falta un rastreo de vaivenes y virajes durante años, husmear las particularidades de la constelación que consiguió armar. Entonces, sí, habría "obra" en un lector: la biblioteca personal. En esos estantes se gesta la autobiografía, redactada por otros, de un lector, y la tarea que exige montar una biblioteca y cultivarla es de una sofisticación semejante a la de un escritor que trabaja en pos de una trama.
En un lector –cuando oímos esta palabra se da por sobreentendido que se trata de un lector de literatura– interviene la formación de un gusto, que se nutre, precisamente, de los ecos que se originan en la cámara secreta de su biblioteca, el modo en que un libro o un autor conducen a otro, y otro y otro.
En un escritor, en el mejor de los casos, hay un perfeccionamiento técnico; el gusto parece estar definido de antemano y a perpetuidad, por factores que están dentro y fuera de lo estrictamente literario.
Es por demás enigmático el personaje que se construye un lector, la imagen que proyecta de sí mismo, dentro y fuera de su biblioteca. (Es mucho lo que se decide antes y alrededor de un libro, y no en él.)
En un escritor, si es mediocre, lo que escribe es su peor autorretrato. Los libros que se publican son una sucesión de fracasos; los que se leen pueden volverse refugios, rescates.
Hay otras comparaciones posibles entre lectores y escritores, que desfavorecen a estos últimos una y otra vez. Lo confirma el hecho de que los libros más interesantes –más duraderos– de muchos narradores (J.M. Coetzee y Martin Amis, por poner ejemplos actuales) son aquellos en los que se muestran con atuendo de lectores y resultan mejores críticos que novelistas. Fue un lector, en definitiva, oficiando de lector y llevando ese papel hasta el límite, el que refundó la literatura en el siglo XX: Borges.
Es una rara, interminable investigación la que emprende un lector a lo largo de su vida. "Ese milagro de la vida múltiple", anotaba Cristina Campo, "que a fin de cuentas no es otra cosa que la felicidad a la que aspira el lector". Este no sólo vive todas las biografías que quiere sino que puede ser –en potencia, en su fantasía– todos los escritores que quiere; un autor, en cambio, escribe lo que puede. En un mismo lector, las reacciones y reinvenciones varían al infinito. Un escritor es sólo parecido a sí mismo, irreversiblemente. No convendría, tampoco, subestimar el poder del recelo de un lector, su indomable sentido de propiedad. De allí que con no poca frecuencia calle sus lecturas y que, al contrario de la mayoría de los escritores, intente pasar desapercibido.
El enigma del tiempo corre para todos, pero sobre todo para lectores maniáticos: ¿habrá lugar para leer esto y aquello, y esto otro? Y así sucesivamente. Secretamente, un lector cree en una vida más larga a medida que obtiene los libros que jura necesitar, o aquellos que considera ideales. Acaso de la falta de tiempo provenga lo que a veces un lector termina por anhelar: sacarse un nombre de encima, dar a un autor por visto, borrarlo. Tal vez el tiempo conjure contra las segundas lecturas, rehuidas, además, por el temor a embarcarse hacia una gran decepción. Un lector de esa estirpe no es sino extremadamente supersticioso, por momentos entregado a la creencia de que mientras lea sucederán cosas (fuera del libro) sólo si sigue leyendo. Si un lector así encuentra y acopia tantos libros –esos y no otros– es porque cree en algo (en algo, sobre todo, para sí mismo). No es extraño que a menudo sienta que ha pasado treinta años leyendo para aprender a leer, para empezar a leer.
Uno de los acontecimientos más usuales y misteriosos es que alguien, como se da en la generalidad de los casos, deje de leer tan temprano. El motivo por el que una persona, casi por distracción, abandona una herramienta preciosa que lo cautivó durante los primeros años, perdura como una incógnita insondable. Estamos rodeados de lectores-Rimbaud, que han abandonado la lectura poco antes de los veinte años para después consagrarle su tiempo al tráfico de armas: la televisión escandalosa, el cine catástrofe, los mensajes de texto, el celular recargable. Curiosamente, a veces la deserción es efecto del sismo que producen los buenos libros, de la amenaza de "los grandes libros": el caso del lector, digamos, que intentó con Kafka o Paradiso de Lezama Lima, lo abandonó por hastío y creyó que la vida de "la verdadera literatura" le estaba vedada para siempre. Se conocen las consecuencias manifiestas de la lectura, en el Quijote o Madame Bovary . Lo que se desconoce son las secuelas y las derivaciones de la lectura en el común de los mortales, y lo que es imposible de explicar es una adicción que no se parece a ninguna: la de estar constitutivamente imposibilitado de renunciar a la cacería de libros.
Hay antecedentes notables de plumas que buscaron ahondar y dilucidar diversas vetas de la materia: Borges, Blanchot, Barthes, y más acá Alberto Manguel y Ricardo Piglia. Pero nada va a superar, como retrato de dos lectores y sus destinos cruzados, el Borges de Adolfo Bioy Casares.
La lectura es el último lugar privado. Se pueden contar sus síntomas y fenómenos exteriores, pero el castillo íntimo de la lectura –ese momento de silencio agazapado entre un animal y su presa– permanecerá inaccesible hasta el fin de los tiempos. A riesgo de plasmar una acrobacia retórica impostada, podría confesar lo siguiente: me interesa más saber quién es el otro (por eso leo todo lo que puedo) que saber quién soy (por eso escribo lo menos posible).
Montar una biblioteca es una labor tan sofisticada como trabajar en la trama de una novela, sostiene Matías Serra Bradford, quien en esta nota se dedica a hacer el elogio de ese personaje enigmático, solitario y exquisito que es el lector.
No dejan de asombrar las atenciones y cumplidos que reciben escritores de toda laya, sabiendo que un lector es mil veces más misterioso –menos evidente– que un autor.
De un lector no quedan huellas, o son muy tenues: un nombre, un balneario y una fecha en la primera hoja del libro, algunos subrayados arbitrarios, apuntes en las páginas de cortesía. Pero para conocer a un lector no basta con enterarse qué libro ha leído, ni basta con dos o diez; hace falta un rastreo de vaivenes y virajes durante años, husmear las particularidades de la constelación que consiguió armar. Entonces, sí, habría "obra" en un lector: la biblioteca personal. En esos estantes se gesta la autobiografía, redactada por otros, de un lector, y la tarea que exige montar una biblioteca y cultivarla es de una sofisticación semejante a la de un escritor que trabaja en pos de una trama.
En un lector –cuando oímos esta palabra se da por sobreentendido que se trata de un lector de literatura– interviene la formación de un gusto, que se nutre, precisamente, de los ecos que se originan en la cámara secreta de su biblioteca, el modo en que un libro o un autor conducen a otro, y otro y otro.
En un escritor, en el mejor de los casos, hay un perfeccionamiento técnico; el gusto parece estar definido de antemano y a perpetuidad, por factores que están dentro y fuera de lo estrictamente literario.
Es por demás enigmático el personaje que se construye un lector, la imagen que proyecta de sí mismo, dentro y fuera de su biblioteca. (Es mucho lo que se decide antes y alrededor de un libro, y no en él.)
En un escritor, si es mediocre, lo que escribe es su peor autorretrato. Los libros que se publican son una sucesión de fracasos; los que se leen pueden volverse refugios, rescates.
Hay otras comparaciones posibles entre lectores y escritores, que desfavorecen a estos últimos una y otra vez. Lo confirma el hecho de que los libros más interesantes –más duraderos– de muchos narradores (J.M. Coetzee y Martin Amis, por poner ejemplos actuales) son aquellos en los que se muestran con atuendo de lectores y resultan mejores críticos que novelistas. Fue un lector, en definitiva, oficiando de lector y llevando ese papel hasta el límite, el que refundó la literatura en el siglo XX: Borges.
Es una rara, interminable investigación la que emprende un lector a lo largo de su vida. "Ese milagro de la vida múltiple", anotaba Cristina Campo, "que a fin de cuentas no es otra cosa que la felicidad a la que aspira el lector". Este no sólo vive todas las biografías que quiere sino que puede ser –en potencia, en su fantasía– todos los escritores que quiere; un autor, en cambio, escribe lo que puede. En un mismo lector, las reacciones y reinvenciones varían al infinito. Un escritor es sólo parecido a sí mismo, irreversiblemente. No convendría, tampoco, subestimar el poder del recelo de un lector, su indomable sentido de propiedad. De allí que con no poca frecuencia calle sus lecturas y que, al contrario de la mayoría de los escritores, intente pasar desapercibido.
El enigma del tiempo corre para todos, pero sobre todo para lectores maniáticos: ¿habrá lugar para leer esto y aquello, y esto otro? Y así sucesivamente. Secretamente, un lector cree en una vida más larga a medida que obtiene los libros que jura necesitar, o aquellos que considera ideales. Acaso de la falta de tiempo provenga lo que a veces un lector termina por anhelar: sacarse un nombre de encima, dar a un autor por visto, borrarlo. Tal vez el tiempo conjure contra las segundas lecturas, rehuidas, además, por el temor a embarcarse hacia una gran decepción. Un lector de esa estirpe no es sino extremadamente supersticioso, por momentos entregado a la creencia de que mientras lea sucederán cosas (fuera del libro) sólo si sigue leyendo. Si un lector así encuentra y acopia tantos libros –esos y no otros– es porque cree en algo (en algo, sobre todo, para sí mismo). No es extraño que a menudo sienta que ha pasado treinta años leyendo para aprender a leer, para empezar a leer.
Uno de los acontecimientos más usuales y misteriosos es que alguien, como se da en la generalidad de los casos, deje de leer tan temprano. El motivo por el que una persona, casi por distracción, abandona una herramienta preciosa que lo cautivó durante los primeros años, perdura como una incógnita insondable. Estamos rodeados de lectores-Rimbaud, que han abandonado la lectura poco antes de los veinte años para después consagrarle su tiempo al tráfico de armas: la televisión escandalosa, el cine catástrofe, los mensajes de texto, el celular recargable. Curiosamente, a veces la deserción es efecto del sismo que producen los buenos libros, de la amenaza de "los grandes libros": el caso del lector, digamos, que intentó con Kafka o Paradiso de Lezama Lima, lo abandonó por hastío y creyó que la vida de "la verdadera literatura" le estaba vedada para siempre. Se conocen las consecuencias manifiestas de la lectura, en el Quijote o Madame Bovary . Lo que se desconoce son las secuelas y las derivaciones de la lectura en el común de los mortales, y lo que es imposible de explicar es una adicción que no se parece a ninguna: la de estar constitutivamente imposibilitado de renunciar a la cacería de libros.
Hay antecedentes notables de plumas que buscaron ahondar y dilucidar diversas vetas de la materia: Borges, Blanchot, Barthes, y más acá Alberto Manguel y Ricardo Piglia. Pero nada va a superar, como retrato de dos lectores y sus destinos cruzados, el Borges de Adolfo Bioy Casares.
La lectura es el último lugar privado. Se pueden contar sus síntomas y fenómenos exteriores, pero el castillo íntimo de la lectura –ese momento de silencio agazapado entre un animal y su presa– permanecerá inaccesible hasta el fin de los tiempos. A riesgo de plasmar una acrobacia retórica impostada, podría confesar lo siguiente: me interesa más saber quién es el otro (por eso leo todo lo que puedo) que saber quién soy (por eso escribo lo menos posible).
lunes, 15 de febrero de 2010
Recomendados de febrero
Giardinelli, Tempo. Gente rara
Mempo Giardinelli conoce cómo desvanecer la amargura, quizás el destierro le ha enseñado a soportar eso y aun más; tal vez el arte, el gran artista que hay en él, le hace transformar las cosas adoloridas en una literatura hondamente creadora de optimista resignación.
Devetach, Laura. La construcción del camino lector
Este libro ofrece una propuesta de formación lectora para quienes se encuentran interesados en la lectura, la escritura y en contagiar a otros estas prácticas liberadoras de la palabra, la imaginación y la cultura. En él, la autora narra su propia experiencia como lectora, escritora y especialista en abrir caminos lectores a los demás.
Degiovanni, Fernando. Los textos de la patria
Los textos de la patria plantea que el proceso de formación del canon argentino distó de presentar un recorrido lineal en los años del Centenario. El prolongado y tenaz enfrentamiento de esto dos proyectos de interpretación del pasado sugiere que la definición de un patrimonio nacionalista escapó tanto a la autoridad de Rojas como a la esfera de acción oficial.
Bernasconi, Pablo. El diario del Capitán Arsenio (Literatura infantil)
Libro publicado en inglés por primera vez en Estados Unidos, por Houghton Mifflin (2005).
Se publicó luego en español y portugués, por editorial Sudamericana (Argentina), y Girafinha (Brasil). (2007). Este libro ganó el premio Zena Sutherland, como Mejor Libro infantil 2006, otorgado por la Universidad de Chicago. El libro es un homenaje a los pioneros de la historia de la aviación de todos los tiempos.
Timossi, Jorge. Cuentos y fábulas
¿Cómo sería el mundo, cómo cambiaría, si, de pronto, lo improbable irrumpiera y se transformara en posible? ¿Qué sucedería si nos atreviéramos a actuar o siquiera mirar nuestro entorno desde una perspectiva inusitada? “Todo lo concebible es posible, lo no concebible es nada”, cita Jorge Timossi y, desde allí, nos propone ver más allá y descubrir lo que hay detrás de lo obvio, de esa cotidianeidad que nos obnubila y ciega nuestro camino.
Celesia, Felipe; Waisberg, Pablo. La ley y las armas
El 31 de julio de 1974, en pleno centro de la ciudad de Buenos Aires, el diputado nacional Rodolfo Ortega Peña moría acribillado por la Alianza Anticomunista Argentina. El hecho marcaba el inicio de una violenta escalada en el accionar de la “Triple A” y ponía fin a la vida de un intelectual, abogado y político que expresaba como pocos la agitada historia argentina de esos tiempos.
La década infame y los escritores suicidas
En la larga década infame (1930-1943), la literatura puede concebirse como un mapa heterogéneo, que incluye desde creaciones de las escrituras hasta testimonios que enfrentan la situación represiva. Los ensayos que componen este libro eluden consensos fáciles y traman modos singulares de considerar la literatura argentina.
Sacheri, Eduardo. Un viejo que se pone de pie
Los catorces relatos que componen la obra retoman los temas clásicos del autor: el fútbol como excusa para sumergirse en las complejas pasiones humanas, el barrio y la infancia como motor de una nostalgia que orienta el presente, las relaciones amorosas, como válvula de escape de una rutina insatisfactoria… Fútbol, barrio, infancia y romance se entremezclan en las vidas, en apariencia pequeñas, de personajes con los que todos podemos sentirnos identificados.
viernes, 8 de enero de 2010
Vacaciones
Desde el 09 de enero hasta el 1º de febrero,
la Biblioteca permanecerá cerrada por vacaciones.
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