Todo buen profesor sabe que, en el aula, cuando el lenguaje circula con vida entre docentes y alumnos, se construye una visión del mundo sostenida en la subjetividad de cada uno. La libertad es entonces la herramienta clave del aprendizaje, señala la docente y escritora Angela Pradelli.
Hace cinco años, en el marco del Congreso Internacional de la Lengua Española que se celebró en Rosario, escuché a un poeta, el escritor nicaragüense Ernesto Cardenal, afirmar respecto a la muerte de las lenguas: "Cuando una lengua desaparece, no son sólo palabras las que se pierden. Cuando se muere una lengua, es una visión del mundo lo que desaparece". Partiendo de Cardenal, podemos llegar también a la otra orilla y preguntarnos: para que la lengua viva en las aulas, ¿qué es lo que se enseña y qué se aprende?
Los profesores, en nuestras clases, tenemos que valorar la vacilación de la lengua como algo sagrado, preservarla en lo insondable de la materia que enseñamos. Escribir una oración breve puede ser una operación compleja y dificilísima. Se ponen en juego no sólo la circulación de las palabras, también los silencios, las jergas, la cadencia, el fraseo. El lenguaje corre allí con su energía creadora. La polisemia de la lengua es casi permanente: es imposible hablar sin matices, es imposible desatender a la vitalidad de ciertas frases y tonos. Los acentos de un poema nos revelan un mundo y nos ocultan otros. La intensidad de una prosa que nos afecta puede perturbarnos.
Los alumnos que leen y escriben poesía en el aula se acercan al secreto más misterioso de la creación. Cuando los estudiantes elaboran argumentaciones y construyen relatos hablan también, siempre, de su propia identidad. Vivimos en un mundo que se desborda de señales, que está repleto de mensajes. Cada gesto, cada color, las posturas, incluso los silencios tienen algo para decirnos.
Pero necesitamos las palabras para cargar a cada uno de ellos de cierta significación. El punto y las comas marcan la respiración de nuestras enunciaciones. Cuando los alumnos construyen sus textos, orales o escritos, deciden también, en la compleja red de la sintaxis, dónde acontecerán sus propios silencios. En la construcción de textos los silencios ya no son sólo límites del lenguaje. En el silencio se oye el eco de la palabra que está presente incluso allí, en su ausencia.
El lenguaje tiene reflejos a partir de los cuales se instala en la creación. Los discursos que acontecen en el aula, los discursos de los otros y los propios, laten en la capacidad de su propia invención. Nada queda fuera: los enunciados de los medios, las conversaciones entre amigos y con las parejas, los mensajes de las autoridades de la escuela, la historia, la filosofía, el cine, la matemática, los blogs, el chateo, los muros del Facebook, los mensajes de texto, las canciones.
Nuestros enunciados, personales y también sociales, nuestros discursos amorosos, profesionales, los diálogos entre alumnos y docentes, cualquiera de nuestros discursos opera sobre una gramática compleja y traza un mapa de nuestra subjetividad. En los pliegues más remotos de nuestra intimidad hay elementos sociales y públicos que inciden en ella y la determinan. Es imposible no oír las distintas lenguas que circulan dentro de la misma lengua.
La riqueza de una clase puede ser ilimitada si valoramos los espacios de los diálogos "interlinguales". La capacidad del lenguaje es tremenda. Por la lengua construimos una mirada personal sobre el universo, nuestra propia humanidad depende de nuestras palabras.
La respuesta a qué se enseña y qué se aprende en las clases de lengua la encontramos también en aquel poeta nicaragüense cuando en Rosario habló de la vida de las lenguas. Hacia allí van los aprendizajes, hacia la construcción de una visión del mundo. En el aula, cuando el lenguaje circula con vida entre alumnos y profesores -en las bocas, los cuadernos, las pantallas- se construye, sobre todo, una visión del mundo.
Aunque por momentos, o quizás por eso mismo, el lenguaje se ponga imposible y nos haga balbucear a todos con una lengua de trapo. "Tropezamos, dice George Steiner, en ocasiones visceralmente con impalpables pero rígidos muros de lenguaje. El poeta, el pensador, los maestros de la metáfora, hacen arañazos en ese muro. Sin embargo, el mundo, tanto dentro como fuera de nosotros, murmura palabras que no somos capaces de distinguir."
La intensidad de las palabras que se dicen puede ser tan potente como el vigor de las palabras que se callan. Los que hemos hecho de la lectura y de la escritura los ejes de los aprendizajes, construimos las clases sobre estas dos columnas que nos sostienen y nos permiten atravesar con nuestros alumnos los umbrales siempre infinitos que nos internan en el nervio de las palabras, en la ambigüedad, y también en la música, los sonidos y en el silencio.
http://www.revistaenie.clarin.com/notas/2010/04/21/_-02185227.htm
viernes, 23 de abril de 2010
viernes, 5 de marzo de 2010
La misteriosa figura del lector
http://www.revistaenie.clarin.com/notas/2010/03/03/_-02151712.htm
Montar una biblioteca es una labor tan sofisticada como trabajar en la trama de una novela, sostiene Matías Serra Bradford, quien en esta nota se dedica a hacer el elogio de ese personaje enigmático, solitario y exquisito que es el lector.
No dejan de asombrar las atenciones y cumplidos que reciben escritores de toda laya, sabiendo que un lector es mil veces más misterioso –menos evidente– que un autor.
De un lector no quedan huellas, o son muy tenues: un nombre, un balneario y una fecha en la primera hoja del libro, algunos subrayados arbitrarios, apuntes en las páginas de cortesía. Pero para conocer a un lector no basta con enterarse qué libro ha leído, ni basta con dos o diez; hace falta un rastreo de vaivenes y virajes durante años, husmear las particularidades de la constelación que consiguió armar. Entonces, sí, habría "obra" en un lector: la biblioteca personal. En esos estantes se gesta la autobiografía, redactada por otros, de un lector, y la tarea que exige montar una biblioteca y cultivarla es de una sofisticación semejante a la de un escritor que trabaja en pos de una trama.
En un lector –cuando oímos esta palabra se da por sobreentendido que se trata de un lector de literatura– interviene la formación de un gusto, que se nutre, precisamente, de los ecos que se originan en la cámara secreta de su biblioteca, el modo en que un libro o un autor conducen a otro, y otro y otro.
En un escritor, en el mejor de los casos, hay un perfeccionamiento técnico; el gusto parece estar definido de antemano y a perpetuidad, por factores que están dentro y fuera de lo estrictamente literario.
Es por demás enigmático el personaje que se construye un lector, la imagen que proyecta de sí mismo, dentro y fuera de su biblioteca. (Es mucho lo que se decide antes y alrededor de un libro, y no en él.)
En un escritor, si es mediocre, lo que escribe es su peor autorretrato. Los libros que se publican son una sucesión de fracasos; los que se leen pueden volverse refugios, rescates.
Hay otras comparaciones posibles entre lectores y escritores, que desfavorecen a estos últimos una y otra vez. Lo confirma el hecho de que los libros más interesantes –más duraderos– de muchos narradores (J.M. Coetzee y Martin Amis, por poner ejemplos actuales) son aquellos en los que se muestran con atuendo de lectores y resultan mejores críticos que novelistas. Fue un lector, en definitiva, oficiando de lector y llevando ese papel hasta el límite, el que refundó la literatura en el siglo XX: Borges.
Es una rara, interminable investigación la que emprende un lector a lo largo de su vida. "Ese milagro de la vida múltiple", anotaba Cristina Campo, "que a fin de cuentas no es otra cosa que la felicidad a la que aspira el lector". Este no sólo vive todas las biografías que quiere sino que puede ser –en potencia, en su fantasía– todos los escritores que quiere; un autor, en cambio, escribe lo que puede. En un mismo lector, las reacciones y reinvenciones varían al infinito. Un escritor es sólo parecido a sí mismo, irreversiblemente. No convendría, tampoco, subestimar el poder del recelo de un lector, su indomable sentido de propiedad. De allí que con no poca frecuencia calle sus lecturas y que, al contrario de la mayoría de los escritores, intente pasar desapercibido.
El enigma del tiempo corre para todos, pero sobre todo para lectores maniáticos: ¿habrá lugar para leer esto y aquello, y esto otro? Y así sucesivamente. Secretamente, un lector cree en una vida más larga a medida que obtiene los libros que jura necesitar, o aquellos que considera ideales. Acaso de la falta de tiempo provenga lo que a veces un lector termina por anhelar: sacarse un nombre de encima, dar a un autor por visto, borrarlo. Tal vez el tiempo conjure contra las segundas lecturas, rehuidas, además, por el temor a embarcarse hacia una gran decepción. Un lector de esa estirpe no es sino extremadamente supersticioso, por momentos entregado a la creencia de que mientras lea sucederán cosas (fuera del libro) sólo si sigue leyendo. Si un lector así encuentra y acopia tantos libros –esos y no otros– es porque cree en algo (en algo, sobre todo, para sí mismo). No es extraño que a menudo sienta que ha pasado treinta años leyendo para aprender a leer, para empezar a leer.
Uno de los acontecimientos más usuales y misteriosos es que alguien, como se da en la generalidad de los casos, deje de leer tan temprano. El motivo por el que una persona, casi por distracción, abandona una herramienta preciosa que lo cautivó durante los primeros años, perdura como una incógnita insondable. Estamos rodeados de lectores-Rimbaud, que han abandonado la lectura poco antes de los veinte años para después consagrarle su tiempo al tráfico de armas: la televisión escandalosa, el cine catástrofe, los mensajes de texto, el celular recargable. Curiosamente, a veces la deserción es efecto del sismo que producen los buenos libros, de la amenaza de "los grandes libros": el caso del lector, digamos, que intentó con Kafka o Paradiso de Lezama Lima, lo abandonó por hastío y creyó que la vida de "la verdadera literatura" le estaba vedada para siempre. Se conocen las consecuencias manifiestas de la lectura, en el Quijote o Madame Bovary . Lo que se desconoce son las secuelas y las derivaciones de la lectura en el común de los mortales, y lo que es imposible de explicar es una adicción que no se parece a ninguna: la de estar constitutivamente imposibilitado de renunciar a la cacería de libros.
Hay antecedentes notables de plumas que buscaron ahondar y dilucidar diversas vetas de la materia: Borges, Blanchot, Barthes, y más acá Alberto Manguel y Ricardo Piglia. Pero nada va a superar, como retrato de dos lectores y sus destinos cruzados, el Borges de Adolfo Bioy Casares.
La lectura es el último lugar privado. Se pueden contar sus síntomas y fenómenos exteriores, pero el castillo íntimo de la lectura –ese momento de silencio agazapado entre un animal y su presa– permanecerá inaccesible hasta el fin de los tiempos. A riesgo de plasmar una acrobacia retórica impostada, podría confesar lo siguiente: me interesa más saber quién es el otro (por eso leo todo lo que puedo) que saber quién soy (por eso escribo lo menos posible).
Montar una biblioteca es una labor tan sofisticada como trabajar en la trama de una novela, sostiene Matías Serra Bradford, quien en esta nota se dedica a hacer el elogio de ese personaje enigmático, solitario y exquisito que es el lector.
No dejan de asombrar las atenciones y cumplidos que reciben escritores de toda laya, sabiendo que un lector es mil veces más misterioso –menos evidente– que un autor.
De un lector no quedan huellas, o son muy tenues: un nombre, un balneario y una fecha en la primera hoja del libro, algunos subrayados arbitrarios, apuntes en las páginas de cortesía. Pero para conocer a un lector no basta con enterarse qué libro ha leído, ni basta con dos o diez; hace falta un rastreo de vaivenes y virajes durante años, husmear las particularidades de la constelación que consiguió armar. Entonces, sí, habría "obra" en un lector: la biblioteca personal. En esos estantes se gesta la autobiografía, redactada por otros, de un lector, y la tarea que exige montar una biblioteca y cultivarla es de una sofisticación semejante a la de un escritor que trabaja en pos de una trama.
En un lector –cuando oímos esta palabra se da por sobreentendido que se trata de un lector de literatura– interviene la formación de un gusto, que se nutre, precisamente, de los ecos que se originan en la cámara secreta de su biblioteca, el modo en que un libro o un autor conducen a otro, y otro y otro.
En un escritor, en el mejor de los casos, hay un perfeccionamiento técnico; el gusto parece estar definido de antemano y a perpetuidad, por factores que están dentro y fuera de lo estrictamente literario.
Es por demás enigmático el personaje que se construye un lector, la imagen que proyecta de sí mismo, dentro y fuera de su biblioteca. (Es mucho lo que se decide antes y alrededor de un libro, y no en él.)
En un escritor, si es mediocre, lo que escribe es su peor autorretrato. Los libros que se publican son una sucesión de fracasos; los que se leen pueden volverse refugios, rescates.
Hay otras comparaciones posibles entre lectores y escritores, que desfavorecen a estos últimos una y otra vez. Lo confirma el hecho de que los libros más interesantes –más duraderos– de muchos narradores (J.M. Coetzee y Martin Amis, por poner ejemplos actuales) son aquellos en los que se muestran con atuendo de lectores y resultan mejores críticos que novelistas. Fue un lector, en definitiva, oficiando de lector y llevando ese papel hasta el límite, el que refundó la literatura en el siglo XX: Borges.
Es una rara, interminable investigación la que emprende un lector a lo largo de su vida. "Ese milagro de la vida múltiple", anotaba Cristina Campo, "que a fin de cuentas no es otra cosa que la felicidad a la que aspira el lector". Este no sólo vive todas las biografías que quiere sino que puede ser –en potencia, en su fantasía– todos los escritores que quiere; un autor, en cambio, escribe lo que puede. En un mismo lector, las reacciones y reinvenciones varían al infinito. Un escritor es sólo parecido a sí mismo, irreversiblemente. No convendría, tampoco, subestimar el poder del recelo de un lector, su indomable sentido de propiedad. De allí que con no poca frecuencia calle sus lecturas y que, al contrario de la mayoría de los escritores, intente pasar desapercibido.
El enigma del tiempo corre para todos, pero sobre todo para lectores maniáticos: ¿habrá lugar para leer esto y aquello, y esto otro? Y así sucesivamente. Secretamente, un lector cree en una vida más larga a medida que obtiene los libros que jura necesitar, o aquellos que considera ideales. Acaso de la falta de tiempo provenga lo que a veces un lector termina por anhelar: sacarse un nombre de encima, dar a un autor por visto, borrarlo. Tal vez el tiempo conjure contra las segundas lecturas, rehuidas, además, por el temor a embarcarse hacia una gran decepción. Un lector de esa estirpe no es sino extremadamente supersticioso, por momentos entregado a la creencia de que mientras lea sucederán cosas (fuera del libro) sólo si sigue leyendo. Si un lector así encuentra y acopia tantos libros –esos y no otros– es porque cree en algo (en algo, sobre todo, para sí mismo). No es extraño que a menudo sienta que ha pasado treinta años leyendo para aprender a leer, para empezar a leer.
Uno de los acontecimientos más usuales y misteriosos es que alguien, como se da en la generalidad de los casos, deje de leer tan temprano. El motivo por el que una persona, casi por distracción, abandona una herramienta preciosa que lo cautivó durante los primeros años, perdura como una incógnita insondable. Estamos rodeados de lectores-Rimbaud, que han abandonado la lectura poco antes de los veinte años para después consagrarle su tiempo al tráfico de armas: la televisión escandalosa, el cine catástrofe, los mensajes de texto, el celular recargable. Curiosamente, a veces la deserción es efecto del sismo que producen los buenos libros, de la amenaza de "los grandes libros": el caso del lector, digamos, que intentó con Kafka o Paradiso de Lezama Lima, lo abandonó por hastío y creyó que la vida de "la verdadera literatura" le estaba vedada para siempre. Se conocen las consecuencias manifiestas de la lectura, en el Quijote o Madame Bovary . Lo que se desconoce son las secuelas y las derivaciones de la lectura en el común de los mortales, y lo que es imposible de explicar es una adicción que no se parece a ninguna: la de estar constitutivamente imposibilitado de renunciar a la cacería de libros.
Hay antecedentes notables de plumas que buscaron ahondar y dilucidar diversas vetas de la materia: Borges, Blanchot, Barthes, y más acá Alberto Manguel y Ricardo Piglia. Pero nada va a superar, como retrato de dos lectores y sus destinos cruzados, el Borges de Adolfo Bioy Casares.
La lectura es el último lugar privado. Se pueden contar sus síntomas y fenómenos exteriores, pero el castillo íntimo de la lectura –ese momento de silencio agazapado entre un animal y su presa– permanecerá inaccesible hasta el fin de los tiempos. A riesgo de plasmar una acrobacia retórica impostada, podría confesar lo siguiente: me interesa más saber quién es el otro (por eso leo todo lo que puedo) que saber quién soy (por eso escribo lo menos posible).
lunes, 15 de febrero de 2010
Recomendados de febrero
Giardinelli, Tempo. Gente rara
Mempo Giardinelli conoce cómo desvanecer la amargura, quizás el destierro le ha enseñado a soportar eso y aun más; tal vez el arte, el gran artista que hay en él, le hace transformar las cosas adoloridas en una literatura hondamente creadora de optimista resignación.
Devetach, Laura. La construcción del camino lector
Este libro ofrece una propuesta de formación lectora para quienes se encuentran interesados en la lectura, la escritura y en contagiar a otros estas prácticas liberadoras de la palabra, la imaginación y la cultura. En él, la autora narra su propia experiencia como lectora, escritora y especialista en abrir caminos lectores a los demás.
Degiovanni, Fernando. Los textos de la patria
Los textos de la patria plantea que el proceso de formación del canon argentino distó de presentar un recorrido lineal en los años del Centenario. El prolongado y tenaz enfrentamiento de esto dos proyectos de interpretación del pasado sugiere que la definición de un patrimonio nacionalista escapó tanto a la autoridad de Rojas como a la esfera de acción oficial.
Bernasconi, Pablo. El diario del Capitán Arsenio (Literatura infantil)
Libro publicado en inglés por primera vez en Estados Unidos, por Houghton Mifflin (2005).
Se publicó luego en español y portugués, por editorial Sudamericana (Argentina), y Girafinha (Brasil). (2007). Este libro ganó el premio Zena Sutherland, como Mejor Libro infantil 2006, otorgado por la Universidad de Chicago. El libro es un homenaje a los pioneros de la historia de la aviación de todos los tiempos.
Timossi, Jorge. Cuentos y fábulas
¿Cómo sería el mundo, cómo cambiaría, si, de pronto, lo improbable irrumpiera y se transformara en posible? ¿Qué sucedería si nos atreviéramos a actuar o siquiera mirar nuestro entorno desde una perspectiva inusitada? “Todo lo concebible es posible, lo no concebible es nada”, cita Jorge Timossi y, desde allí, nos propone ver más allá y descubrir lo que hay detrás de lo obvio, de esa cotidianeidad que nos obnubila y ciega nuestro camino.
Celesia, Felipe; Waisberg, Pablo. La ley y las armas
El 31 de julio de 1974, en pleno centro de la ciudad de Buenos Aires, el diputado nacional Rodolfo Ortega Peña moría acribillado por la Alianza Anticomunista Argentina. El hecho marcaba el inicio de una violenta escalada en el accionar de la “Triple A” y ponía fin a la vida de un intelectual, abogado y político que expresaba como pocos la agitada historia argentina de esos tiempos.
La década infame y los escritores suicidas
En la larga década infame (1930-1943), la literatura puede concebirse como un mapa heterogéneo, que incluye desde creaciones de las escrituras hasta testimonios que enfrentan la situación represiva. Los ensayos que componen este libro eluden consensos fáciles y traman modos singulares de considerar la literatura argentina.
Sacheri, Eduardo. Un viejo que se pone de pie
Los catorces relatos que componen la obra retoman los temas clásicos del autor: el fútbol como excusa para sumergirse en las complejas pasiones humanas, el barrio y la infancia como motor de una nostalgia que orienta el presente, las relaciones amorosas, como válvula de escape de una rutina insatisfactoria… Fútbol, barrio, infancia y romance se entremezclan en las vidas, en apariencia pequeñas, de personajes con los que todos podemos sentirnos identificados.
viernes, 8 de enero de 2010
Vacaciones
Desde el 09 de enero hasta el 1º de febrero,
la Biblioteca permanecerá cerrada por vacaciones.
lunes, 23 de noviembre de 2009
Bibliotecas escolares, a capa y espada
Por Angela Pradelli (escritora, docente y Premio Clarín de Novela 2004)
En Clarín del 23-11-2009
http://www.revistaenie.clarin.com/notas/2009/11/23/_-02046947.htm
Muchas veces me he preguntado por una definición posible de biblioteca escolar. Una definición que, como nos enseñó el filósofo Gastón Bachelard, pudiéramos abordar desde una poética del espacio. Cuáles serían las notas para esa definición si la pensáramos como signo; cuál es la intervención de su "cuerpo" en la vida de las escuelas, su articulación con los edificios dentro de los cuales funciona.
Sabemos que Borges se figuraba el paraíso bajo la especie de una biblioteca, pero ¿qué imagen construimos de las bibliotecas escolares los alumnos, los docentes, los padres, los escritores, los directores? Cómo observamos a ese organismo que algunos definen como el verdadero corazón de una escuela.
En varios de sus trabajos, el escritor y profesor George Steiner ensaya una hipótesis que resignifica el mito de Babel. Dice Steiner que, lejos de lo que siempre se afirma, la multiplicidad mil veces mayor de lenguas recíprocamente incomprensibles que antaño se hablaron en esta tierra no es una maldición. Steiner afirma que Babel es, por el contrario, una bendición. Y un júbilo. Y que todas y cada una de las lenguas son ventanas abiertas al ser y a la creación.
Tomemos esta idea de Steiner para poder pensar en espejo el concepto de biblioteca. Me refiero a las lenguas no sólo como los idiomas sino sobre todo como la multiplicidad de voces. A los múltiples lenguajes que hay incluso dentro de cada lengua. La biblioteca, que reúne varias lenguas y concentra muchos lenguajes, ¿no es una Babel bendita que nos permiten ver otros mundos a través de las lenguas?
La construcción lingüística dibuja en cada escuela una cartografía que une lenguas. "Llegué de Italia a los 12 años, cuenta el escritor Antonio Dal Masetto, y aprendí el idioma leyendo en una biblioteca de Salto, el pueblo donde habíamos ido a vivir con mis padres. Iba a la biblioteca porque me interesaban los libros. Había leído a Salgari, a Verne. Frente a la circunstancia de cambiar de idioma los libros sirvieron para incursionar en esta nueva lengua. No sé cómo habrán llegado los libros ahí, había de todo. Yo entraba y miraba los estantes y por ahí un título me sonaba, y a lo mejor era un título ilegible para mí, porque era filosofía. Pero me lo llevaba, intentaba, lo devolvía, volvía por otro".
Un chico de 12 años aprendiendo un idioma en el espacio de una biblioteca. Se trata del aprendizaje de una lengua, así que no son sólo palabras sino también matices, música, tonos, silencios. Dal Masetto, que luego será una de los más grandes escritores y hará de la lengua un oficio, aprende a hablar en una biblioteca. Ya no es una madre y un padre los que acercan las palabras sino que son los autores a través de sus libros y ese reemplazo resignifica la escritura.
Por otra parte, ¿alguien puede enseñar a hablar a otro si no lo ama? Si en la transmisión de una lengua siempre está presente el amor como vehículo, habría que pensar que en este relato de Dal Masetto el aporte quizás más importante sea la presencia del amor en quienes dan su palabra a los otros. Tendríamos entonces que pensar la biblioteca en términos de discurso, o mejor, de "fragmentos de un discurso amoroso".
Somos muchos los que, cada vez que entramos en una biblioteca, experimentamos una sensación física. Nada más poner un pie adentro para sentir en el cuerpo una perturbación leve. Aun en el silencio más absoluto se percibe una densidad en la atmósfera y llega a conmovernos. Allí, sobre sus estantes, en una espera que pudo haber sido infinita y jamás cesará, están las historias, las geografías, las religiones, los líderes, los dioses, los mártires, los santos, los dictadores. Cómo no sentir entonces al entrar cierta pesadez en la densidad de la atmósfera. El lenguaje que allí habita supo darle un valor a las palabras. Entrar en una biblioteca es como dar un paso a un vacío insondable, pero allí adentro somos sujetos que se desplazan para internarse siempre en la oscuridad remota y más propia.
Las palabras que allí habitan construyeron subjetividad y seguirán haciéndolo cada vez que alguien las pronuncie. Por eso cada uno de los discursos que habitan las bibliotecas intenta ordenar un cierto caos y espesan el pensamiento. Cómo no perturbarnos al entrar si en definitiva es nuestra interioridad lo que está en juego al contacto con el vigor de esas palabras.
Sobre la fusión de palabra y silencio amalgamados se instala la biblioteca en la escuela y desarrolla su vida en la que, como en un aleph exquisito, se superponen las presencias simultáneas de los escritores de todos los siglos.
Por eso, tal vez, una biblioteca puede ser una oscuridad insondable que al mismo tiempo nos ilumina.
En Clarín del 23-11-2009
http://www.revistaenie.clarin.com/notas/2009/11/23/_-02046947.htm
Muchas veces me he preguntado por una definición posible de biblioteca escolar. Una definición que, como nos enseñó el filósofo Gastón Bachelard, pudiéramos abordar desde una poética del espacio. Cuáles serían las notas para esa definición si la pensáramos como signo; cuál es la intervención de su "cuerpo" en la vida de las escuelas, su articulación con los edificios dentro de los cuales funciona.
Sabemos que Borges se figuraba el paraíso bajo la especie de una biblioteca, pero ¿qué imagen construimos de las bibliotecas escolares los alumnos, los docentes, los padres, los escritores, los directores? Cómo observamos a ese organismo que algunos definen como el verdadero corazón de una escuela.
En varios de sus trabajos, el escritor y profesor George Steiner ensaya una hipótesis que resignifica el mito de Babel. Dice Steiner que, lejos de lo que siempre se afirma, la multiplicidad mil veces mayor de lenguas recíprocamente incomprensibles que antaño se hablaron en esta tierra no es una maldición. Steiner afirma que Babel es, por el contrario, una bendición. Y un júbilo. Y que todas y cada una de las lenguas son ventanas abiertas al ser y a la creación.
Tomemos esta idea de Steiner para poder pensar en espejo el concepto de biblioteca. Me refiero a las lenguas no sólo como los idiomas sino sobre todo como la multiplicidad de voces. A los múltiples lenguajes que hay incluso dentro de cada lengua. La biblioteca, que reúne varias lenguas y concentra muchos lenguajes, ¿no es una Babel bendita que nos permiten ver otros mundos a través de las lenguas?
La construcción lingüística dibuja en cada escuela una cartografía que une lenguas. "Llegué de Italia a los 12 años, cuenta el escritor Antonio Dal Masetto, y aprendí el idioma leyendo en una biblioteca de Salto, el pueblo donde habíamos ido a vivir con mis padres. Iba a la biblioteca porque me interesaban los libros. Había leído a Salgari, a Verne. Frente a la circunstancia de cambiar de idioma los libros sirvieron para incursionar en esta nueva lengua. No sé cómo habrán llegado los libros ahí, había de todo. Yo entraba y miraba los estantes y por ahí un título me sonaba, y a lo mejor era un título ilegible para mí, porque era filosofía. Pero me lo llevaba, intentaba, lo devolvía, volvía por otro".
Un chico de 12 años aprendiendo un idioma en el espacio de una biblioteca. Se trata del aprendizaje de una lengua, así que no son sólo palabras sino también matices, música, tonos, silencios. Dal Masetto, que luego será una de los más grandes escritores y hará de la lengua un oficio, aprende a hablar en una biblioteca. Ya no es una madre y un padre los que acercan las palabras sino que son los autores a través de sus libros y ese reemplazo resignifica la escritura.
Por otra parte, ¿alguien puede enseñar a hablar a otro si no lo ama? Si en la transmisión de una lengua siempre está presente el amor como vehículo, habría que pensar que en este relato de Dal Masetto el aporte quizás más importante sea la presencia del amor en quienes dan su palabra a los otros. Tendríamos entonces que pensar la biblioteca en términos de discurso, o mejor, de "fragmentos de un discurso amoroso".
Somos muchos los que, cada vez que entramos en una biblioteca, experimentamos una sensación física. Nada más poner un pie adentro para sentir en el cuerpo una perturbación leve. Aun en el silencio más absoluto se percibe una densidad en la atmósfera y llega a conmovernos. Allí, sobre sus estantes, en una espera que pudo haber sido infinita y jamás cesará, están las historias, las geografías, las religiones, los líderes, los dioses, los mártires, los santos, los dictadores. Cómo no sentir entonces al entrar cierta pesadez en la densidad de la atmósfera. El lenguaje que allí habita supo darle un valor a las palabras. Entrar en una biblioteca es como dar un paso a un vacío insondable, pero allí adentro somos sujetos que se desplazan para internarse siempre en la oscuridad remota y más propia.
Las palabras que allí habitan construyeron subjetividad y seguirán haciéndolo cada vez que alguien las pronuncie. Por eso cada uno de los discursos que habitan las bibliotecas intenta ordenar un cierto caos y espesan el pensamiento. Cómo no perturbarnos al entrar si en definitiva es nuestra interioridad lo que está en juego al contacto con el vigor de esas palabras.
Sobre la fusión de palabra y silencio amalgamados se instala la biblioteca en la escuela y desarrolla su vida en la que, como en un aleph exquisito, se superponen las presencias simultáneas de los escritores de todos los siglos.
Por eso, tal vez, una biblioteca puede ser una oscuridad insondable que al mismo tiempo nos ilumina.
viernes, 13 de noviembre de 2009
Libros recomendados del mes de noviembre
Dalai Lama
El arte de la sabiduría
En El arte de la sabiduría el Dalai Lama del Tibet afirma su convicción de que la razón y la experiencia son los fundamentos de la verdad religiosa, y lo hace a partir de su dominio del corpus filosófico del budismo.
El lector se encuentra ante un texto tan espiritual como práctico que ayuda a conocer la realidad que nos rodea, así como profundizar en nuestra personalidad para hacerla más rica, plena y capaz de informar nuestra existencia.
Norberto Boggino
Cómo prevenir la violencia en la escuela
Un libro destinado a los directivos, docentes y profesionales de la educación que se encuentren preocupados y ocupados por la problemática de la violencia y la indisciplina en el ámbito escolar. En él se realiza un profundo análisis sobre la complejidad de las escenas de violencia y se proponen alternativas para construir lazos sociales y convivencia en el aula y la escuela.
María Isabel Filinich
Enunciación
¿Cómo se manifiesta la presencia del sujeto en el discurso? ¿Cómo se configuran, mediante el discurso, la fuente y la meta que lo sustentan y le dan sentido? El análisis del proceso de enunciación, esto es, del acto de apropiación del lenguaje por parte de un yo que apela a un tú, permite detectar, en la organización del discurso, las huellas que conforman y evidencian la presencia de un sujeto. Éste no sólo modela, sino que da cuerpo a la imagen del otro a quien el discurso se destina y, además, se configura a sí mismo al plasmar su propia imagen en el interior del discurso que produce
Osho
El libro del sexo
“Soy el comienzo de una consciencia totalmente nueva”. Estas palabras de Osho ponen de manifiesto hasta qué punto él concibe su filosofía como una ruptura con las distintas tradiciones del pensamiento occidental y oriental. Es el mismo espíritu con el que aborda la sexualidad; en primer lugar, presentándola no como un obstáculo para la elevación espiritual e incluso la iluminación, sino, al contrario, como un regalo, expresión de la energía biológica y puerta del autoconocimiento. En segundo lugar, como realización del amor, elemento central de la existencia. El sexo es uno de los aspectos constitutivos del nuevo tipo de santo, Zorba el Buda, fusión inseparable de lo terreno y lo sublime.
Bejla R. de Goldman
Anorexia y bulimia: un nuevo padecer
En este libro se articula la relación entre la anorexia y la bulimia como una nueva modalidad sintomal por el consumo desmedido, como una respuesta del sujeto frente a la devastación de los valores de la humanidad y la transformación del mundo y ubica al hombre en el más radical de los desamparos. Este nuevo padecer es un intento desmedido de dar a ver lo singular del deseo, hecho que nos compete a todos como seres humanos
Colección Ciencia Joven
Pensada para suplir la escasez de buenos libros de divulgación de ciencias exactas, naturales y sociales destinados a los estudiantes de la escuela media. La Editorial Universitaria de Buenos Aires convocó a un conjunto de destacados autores en cada uno de los temas elegidos, que nos proponen la aventura de pensar un mundo siempre cambiante, con el fin de estimular el interés de los estudiantes en el conocimiento y, de esta manera, descubrir y orientar la propia vocación. Títulos: Introducción a la filosofía; Biomateriales; Drogas hoy: problemas y prevenciones; El VIH/Sida desde una perspectiva integral, entre otros
Ezequiel Ander-Egg
Claves para introducirse en el estudio de las inteligencias múltiples
El autor propone en este libro un nuevo modo de concebir la/s inteligencia/s, a partir de las investigaciones neurológicas que han detectado distintas áreas cerebrales donde se localizan diferentes tipos de inteligencia. Esta teoría, que se opone a la idea de una única inteligencia, rompe con el pensamiento de la simplicidad, unidimensional y lineal, que conlleva prácticas pedagógicas uniformes para todos los alumnos. Al igual que el lenguaje, las inteligencias no son innatas sino que se aprenden a través de la enseñanza. La clave que hilvana esta obra y le otorga originalidad es que el desarrollo personal es mucho más que el desarrollo cognitivo.
Mario Vargas Llosa
Travesuras de la niña mala
Creando una admirable tensión entre lo cómico y lo trágico, el autor juega con la realidad y la ficción para liberar una historia en la que el amor se nos muestra indefinible, dueño de mil caras, como la niña mala. Pasión y distancia, azar y destino, dolor y disfrute… ¿Cuál es el verdadero rostro del amor?
jueves, 17 de septiembre de 2009
A los maestros, que son capaces de cuidar los sueños
Por Angela Pradelli (escritora y docente, Premio Clarín de novela)
Clarín, 15 de septiembre de 2009
En aquella escuela nocturna, todos los días, a las 9 de la noche, el alumno del primer banco de la fila de la pared apoyaba la cabeza sobre la tabla de madera y al instante se quedaba dormido. Era un curso de 1° año de una escuela de Lomas de Zamora. A principio de año el director nos había advertido que sería un curso difícil: el grupo estaba formado en su mayoría por alumnos que habían sido expulsados de otros colegios y estudiantes que habían repetido dos y tres veces.
Recuerdo que recién habían transcurrido las primeras semanas cuando una noche dos estudiantes se pelearon a la salida de clases y uno de ellos terminó internado por los golpes. Al otro día el estudiante concurrió a clase como si nada, pero antes de terminar la hora de literatura sacó una sevillana para arreglar sus cuentas pendientes. Ese era el clima de los primeros días, pero la verdad es que, después de las primeras semanas, fuimos encontrando entre todos, alumnos y profesores, un camino que si bien nunca nos libró de sobresaltos, lo cierto es que pronto aparecieron otros signos que indicaban que por esa ruta podíamos transitar también las esperanzas.
Con el tiempo supimos los docentes que el alumno que se sentaba primero en la fila de la pared y se quedaba dormido a las 9 de la noche trabaja en un hospital de Buenos Aires limpiando pisos durante todo el día. El chico vivía en Guernica, entraba a las 5 de la mañana a su trabajo y salía del hospital con el tiempo justo para tomar el tren en Constitución y llegar a Lomas para terminar la secundaria en el turno de la noche que terminaba a las 22 hs. El alumno estaba rendido y cualquiera podía comprender tanto esa situación que, algunos docentes, cuando advertíamos que el estudiante se había dormido, bajábamos la voz para que pudiera descansar aunque fuera sobre esa tabla de madera dura.
Así las cosas, durante el resto de la hora evitábamos los ruidos que pudieran despertarlo y la clase se desarrollaba a media voz en cualquiera de las actividades: lecturas, análisis de textos, corrección de ejercicios. Ese año, el 11 de septiembre, cuando los profesores entramos al aula, encontramos una frase escrita con letra grande en el pizarrón: "Maestros, gracias por cuidarme los sueños". Aquel alumno, sin quererlo, había enunciado de la mejor manera uno de las funciones más trascendentes del trabajo de un docente.
Cuando se reflexiona sobre la figura de los maestros y la importancia de su rol en el desarrollo de las sociedades suelen instalarse algunas preguntas que parecieran venir a buscar más bien respuestas que abrevan su mirada en unas u otras teorías pedagógicas y corrientes didácticas.
Pero ¿qué hace que algunas mujeres y algunos hombres sean reconocidos como maestros más allá de sus títulos habilitantes? ¿Cuál es el lazo que une a un maestro con su discípulo en una tensión que no carece de conflictivo? En Zen en el arte del tiro con arco, Eugen Herrigel afirma que un verdadero maestro "no necesita, como el pintor, de lienzo, pinceles ni colores. No necesita, como el arquero, de arco, flecha ni blanco, ni de otros recursos. Se sirve de sus miembros, de su cuerpo, cabeza y órganos. Su vida en el Zen se expresa por medio de todos esos instrumentos importantes como manifestaciones suyas. Sus manos y pies son los pinceles. Y todo el universo es el lienzo sobre el cual pintará su vida durante setenta, ochenta y hasta noventa años". El cuadro así pintado se llama "historia".
Pero la vida de un maestro depende de la existencia de sus discípulos. Es el vínculo con su discípulo lo que hace posible que la figura de un maestro resplandezca e ilumine a su vez la oscuridad de ciertos momentos de la historia social y también personal y es esa relación de enfrentamiento lo que permite que entre el maestro y los alumnos se concreten la enseñanza y los aprendizajes.
La conexión entre maestros y discípulos se construye a partir de los diálogos y es la conversación entre unos y otros el espacio en el que se plasma uno de los misterios más ricos de ese vínculo: la transmisión. Lejos de leerse como una frustración, resulta conmovedor que los especialistas no hayan podido aún terminar de explicar el enigma de esa entrega y los fuertes lazos que se da muchas veces entre docentes y alumnos.
Se observa en los buenos maestros: hay algo del orden de lo sagrado que respira en ese diálogo donde se concreta la transmisión. Por eso cabe que suenen hoy acá las palabras de Isidoro Blainstein. Es que "El tigre no teoriza sobre su tigritud -afirmó el autor-, el tigre salta". Aun cuando un maestro respete un programa de contenidos, lo que él tiene para transmitir a sus alumnos rebalsa los bordes de los diseños curriculares y corre por otros cauces.
Esa será la razón por la que los grandes maestros, aun en el marco de programas perimidos y contenidos cuestionados, siempre nos seduzcan con sus clases. El magisterio, aun en la imposibilidad de su explicación total, o quizá justamente por eso, instala en la conciencia de quienes lo ejercen la certeza de tener un futuro por delante.
George Steiner dice que un maestro es "sencillamente, alguien que goza de un aura casi física y en quien resulta casi tangible la pasión que desprende".
Celebremos por estas horas la vida de nuestras maestras y maestros, en suma, gente esencial en la vida de cada uno de nosotros porque, como bien observó aquel estudiante de la escuela nocturna, fueron capaces de permitirnos siempre los sueños.
http://www.clarin.com/diario/2009/09/15/opinion/o-01998957.htm
Clarín, 15 de septiembre de 2009
En aquella escuela nocturna, todos los días, a las 9 de la noche, el alumno del primer banco de la fila de la pared apoyaba la cabeza sobre la tabla de madera y al instante se quedaba dormido. Era un curso de 1° año de una escuela de Lomas de Zamora. A principio de año el director nos había advertido que sería un curso difícil: el grupo estaba formado en su mayoría por alumnos que habían sido expulsados de otros colegios y estudiantes que habían repetido dos y tres veces.
Recuerdo que recién habían transcurrido las primeras semanas cuando una noche dos estudiantes se pelearon a la salida de clases y uno de ellos terminó internado por los golpes. Al otro día el estudiante concurrió a clase como si nada, pero antes de terminar la hora de literatura sacó una sevillana para arreglar sus cuentas pendientes. Ese era el clima de los primeros días, pero la verdad es que, después de las primeras semanas, fuimos encontrando entre todos, alumnos y profesores, un camino que si bien nunca nos libró de sobresaltos, lo cierto es que pronto aparecieron otros signos que indicaban que por esa ruta podíamos transitar también las esperanzas.
Con el tiempo supimos los docentes que el alumno que se sentaba primero en la fila de la pared y se quedaba dormido a las 9 de la noche trabaja en un hospital de Buenos Aires limpiando pisos durante todo el día. El chico vivía en Guernica, entraba a las 5 de la mañana a su trabajo y salía del hospital con el tiempo justo para tomar el tren en Constitución y llegar a Lomas para terminar la secundaria en el turno de la noche que terminaba a las 22 hs. El alumno estaba rendido y cualquiera podía comprender tanto esa situación que, algunos docentes, cuando advertíamos que el estudiante se había dormido, bajábamos la voz para que pudiera descansar aunque fuera sobre esa tabla de madera dura.
Así las cosas, durante el resto de la hora evitábamos los ruidos que pudieran despertarlo y la clase se desarrollaba a media voz en cualquiera de las actividades: lecturas, análisis de textos, corrección de ejercicios. Ese año, el 11 de septiembre, cuando los profesores entramos al aula, encontramos una frase escrita con letra grande en el pizarrón: "Maestros, gracias por cuidarme los sueños". Aquel alumno, sin quererlo, había enunciado de la mejor manera uno de las funciones más trascendentes del trabajo de un docente.
Cuando se reflexiona sobre la figura de los maestros y la importancia de su rol en el desarrollo de las sociedades suelen instalarse algunas preguntas que parecieran venir a buscar más bien respuestas que abrevan su mirada en unas u otras teorías pedagógicas y corrientes didácticas.
Pero ¿qué hace que algunas mujeres y algunos hombres sean reconocidos como maestros más allá de sus títulos habilitantes? ¿Cuál es el lazo que une a un maestro con su discípulo en una tensión que no carece de conflictivo? En Zen en el arte del tiro con arco, Eugen Herrigel afirma que un verdadero maestro "no necesita, como el pintor, de lienzo, pinceles ni colores. No necesita, como el arquero, de arco, flecha ni blanco, ni de otros recursos. Se sirve de sus miembros, de su cuerpo, cabeza y órganos. Su vida en el Zen se expresa por medio de todos esos instrumentos importantes como manifestaciones suyas. Sus manos y pies son los pinceles. Y todo el universo es el lienzo sobre el cual pintará su vida durante setenta, ochenta y hasta noventa años". El cuadro así pintado se llama "historia".
Pero la vida de un maestro depende de la existencia de sus discípulos. Es el vínculo con su discípulo lo que hace posible que la figura de un maestro resplandezca e ilumine a su vez la oscuridad de ciertos momentos de la historia social y también personal y es esa relación de enfrentamiento lo que permite que entre el maestro y los alumnos se concreten la enseñanza y los aprendizajes.
La conexión entre maestros y discípulos se construye a partir de los diálogos y es la conversación entre unos y otros el espacio en el que se plasma uno de los misterios más ricos de ese vínculo: la transmisión. Lejos de leerse como una frustración, resulta conmovedor que los especialistas no hayan podido aún terminar de explicar el enigma de esa entrega y los fuertes lazos que se da muchas veces entre docentes y alumnos.
Se observa en los buenos maestros: hay algo del orden de lo sagrado que respira en ese diálogo donde se concreta la transmisión. Por eso cabe que suenen hoy acá las palabras de Isidoro Blainstein. Es que "El tigre no teoriza sobre su tigritud -afirmó el autor-, el tigre salta". Aun cuando un maestro respete un programa de contenidos, lo que él tiene para transmitir a sus alumnos rebalsa los bordes de los diseños curriculares y corre por otros cauces.
Esa será la razón por la que los grandes maestros, aun en el marco de programas perimidos y contenidos cuestionados, siempre nos seduzcan con sus clases. El magisterio, aun en la imposibilidad de su explicación total, o quizá justamente por eso, instala en la conciencia de quienes lo ejercen la certeza de tener un futuro por delante.
George Steiner dice que un maestro es "sencillamente, alguien que goza de un aura casi física y en quien resulta casi tangible la pasión que desprende".
Celebremos por estas horas la vida de nuestras maestras y maestros, en suma, gente esencial en la vida de cada uno de nosotros porque, como bien observó aquel estudiante de la escuela nocturna, fueron capaces de permitirnos siempre los sueños.
http://www.clarin.com/diario/2009/09/15/opinion/o-01998957.htm
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